Un día descubrió que, como un pájaro, él podía volar
y desde entonces, de las alturas, se ha negado a bajar.
Se acostumbró a la compañía de aves de bello plumaje,
las que escoltan su vuelo, cada vez que encara un viaje.
Desde su posición encumbrada, se distanció de la gente,
logrando que, en tierra firme, ya no tenga un referente.
La perspectiva lo indujo, a que se sienta un ser superior,
por liderar bandadas de especies, de una escala inferior.
Las aves se alineaban tras él, sin emitir ni un solo grito,
porque es sencillo sojuzgar la voluntad de un pajarito.
Sin tener un padre Dédalo, para que bien le aconsejara,
se elevó sin los recaudos que la prudencia encomendara.
Voló tan alto que, como Icaro, el sol chamuscó sus alas,
golpeándose contra el suelo, dónde lo juntaron con palas.
En su larga convalecencia, le sobró tiempo para meditar
que sin renunciar a su esencia, también se puede volar.
Retornó menos presuntuoso, comprendiendo su desliz,
ya no trata de imitar al águila, sino a la humilde perdiz.
Volar es bueno, para eludir a la trampa que te encierra,
aunque hay que saber andar, con los pies sobre la tierra.
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